martes, 3 de abril de 2012

El río Ebro, naturaleza y cultura a golpe de remo 3

Azudes, molinos y centrales hidroeléctricas

Embarcadero molino de Fuenmayor. César Aguilar
Pero un trayecto por este río y sus riberas, es también un recorrido por un curso habitado y navegado desde antiguo. El Ebro no sólo tiene naturaleza, también está lleno de historias, como aquella del río navegable hasta el puerto de Varea que cuenta el cronista romano Plinio el Viejo. Barcas sencillas que, como señalan los historiadores, tenían solo las quillas y primeras cuadernas de madera y lo restante tejido con mimbres y cubierto de cueros. Esas embarcaciones de escaso calado permitirían librar más fácilmente los abundantes vados del río e iniciaron una época de comercio fluvial a través del Ebro. Tampoco deja indiferente saber que en el año 859 los vikingos lo remontaron con sus barcos hasta el río Aragón para después llegar por el Arga hasta Pamplona.

En el azud de la presa Machín. César Aguilar
Pero hoy aquellas navegaciones, aunque posibles para un kayak, se verían dificultadas por una multitud de presas y azudes. La interrupción del cauce es especialmente intensa en el tramo riojano del Ebro si lo comparamos con otros como los de Navarra o Aragón. Desde pequeños azudes que pueden rebasarse a pie saliendo de la embarcación, a otros que bloquean completamente el cauce con grandes compuertas como las de la harinera y central hidroeléctrica de “La Isla” en Logroño, aguas arriba del puente de Sagasta. Los azudes más antiguos han desviado caudales durante siglos para los molinos harineros de las orillas, o bien lo han hecho para acequias y canales para regadíos.


Casa del barquero de Azagra. Foto: César Aguilar
Hoy casi todos los que alimentaron molinos se dirigen ya a modernas centrales hidroeléctricas, privando al navegante del contacto con los esos entornos bucólicos donde se ubicaban. Aún así, hay ocasiones en que uno descubre en las orillas los restos de aquellos imponentes edificios de sillería. Es el caso de los muros del molino del Prior en Logroño o el molino de Fuenmayor donde aún se conservan unas escaleras de piedra hacia el cauce que son una invitación a embarcar y disfrutar de la magia del lugar. Pensar como han soportando durante años las crecidas del Ebro, causa admiración hacia sus constructores y da la medida de unos hombres pertinaces en el aprovechamiento del río.

 

Vados, puentes y barcas de paso

Barca Alcanadre-Mendavia en mapas antiguos
Todos los pueblos que han vivido a las orillas del Ebro han tratado de salvar el río más caudalosos de la Península, buscando vados, construyendo puentes o uniendo sus orillas con barcas de paso. Es sabido que el emplazamiento de la Varea romana fue debido, en buena parte, a la presencia de un vado que permitía cruzar el río con aguas bajas. Pero las poblaciones tuvieron que buscar otras formas menos inciertas para cruzar el río. En un recorrido en kayak puede sentirse ese peso de la historia al pasar bajo puentes medievales, aún en uso, como los de San Vicente de la Sonsierra o Briñas. Otros adquieren su encanto por lo que queda de ellos y por el paraje que les envuelve, como el Puente Mantible en Logroño, o los restos de lo que fue un gran acueducto romano en Alcanadre. 

Barca del Castellar (Torres de Berrellén) C. Aguilar
Pero la construcción de puentes siempre fue costosa y otra alternativa para muchos lugares fueron las barcas de paso. Sin embargo en nuestro tramo del Ebro no ha quedado ninguna de esas embarcaciones que, en algunos casos, permanecieron activas hasta bien entrado el siglo XX. La presencia de aquellas barcas se puede sentir con sólo echar un vistazo a los mapas que uno maneja para preparar los trayectos. En la toponimia se encuentran muchos parajes de las riberas con referencias a “La Barca”, “El Barco” o a caminos o casas del “Barquero”. Con mapas viejos la cosa mejora. Buscando en la cartografía de La Rioja de los años 20 aparecen entre Haro y Alfaro hasta 8 referencias de barcas de paso, incluso uno puede sorprenderse viéndolas allí dibujadas con el trazo de una pluma.

Barca de Candespina (Sobradiel). César Aguilar
Al recorrer hoy por el río esos parajes, puede verse como un puente vino a sustituirlas en el mismo sitio donde estuvieron, es el caso de las barcas de Baños de Ebro, La Puebla de Labarca o Rincón de Soto. Otras veces aún podemos distinguir algo de aquel pasado, como la original casa del barquero en la de Azagra a Calahorra. Pero si no sólo queremos imaginar cómo fueron, sino también verlas y tocarlas, podremos encontrar las más cercanas en Zaragoza en las localidades de Boquiñeni (Barca Virgen del Rosario), Torres de Berrellén (Barca del Castellar) y Sobradiel (Barca de Candespina). Así que es el momento para dejarnos llevar río abajo y ampliar horizontes y paisajes, qué el Ebro nunca entendió de fronteras.

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