lunes, 11 de abril de 2011

Perú 10 (2011) Otros habitantes del bosque nublado

Huellas sin identificar ¿mustélido?. Foto: C. Aguilar
La zona que estamos andando es territorio del oso de anteojos (Tremarctos ornatos), el único úrsido presente en Sudamérica. Verlo es poco menos que imposible a no ser que tengas un golpe de suerte, aunque ver sus huellas parece posible. Cuando pregunté a uno de los guías por el bicho me dijo que sí, que la última vez que estuvieron en el bosque con unos voluntarios vieron sus huellas. A partir de ahí cogí una “torticulis” en el cuello de la que creo que tardaré en recuperarme, ya que no paraba de mirar al suelo buscando huellas en el barro arcilloso de las quebradas. Pero en lo que no caí es que hasta ver huellas es difícil aquí, ya que como llueve todos los días se borran a diario. Eso sí, por la misma razón aquello que encuentras es siempre bastante reciente. Los caminos que recorrimos estaban llenos de huellas de las vacas que pastan en los claros abiertos en el bosque y de los mulos que utilizan para desplazar las cargas.

Añuje (Dasyprocta fuliginosa) Foto: C. Aguilar
Solo encontré unas pocas huellas de animales salvajes, unas dicen que son de “perdices”, aunque mirando creo que se tratan de los tres dedos que marcan los armadillos (Dasypus sp.), otras de venado pero de los que hay varias especies, otras de un roedor muy frecuente, el añuje (Dasyprocta fuliginosa) y unas últimas que parecen como de mustélido. Ya pensaba yo que no iba a ver ninguno otro mamífero que no fueran primates, cuando el último día de la primera vez que estuvimos en el bosque vimos uno de estos añujes bien cerquita. Son de naturaleza desconfiada, ya que son una pieza codiciada como “carne de monte” pero al que vimos le pudo más descubrir donde tirábamos las sobras de la comida como arroz o pasta. Allí estaba comiendo de gorra detrás de nuestro campamento. En esa ocasión tuve suerte, al menos más que con la cámara de fototrampeo que aún no ha capturado ningún bicho.
Serpiente sin identificar. Foto: César Aguilar
Bueno, y por fin dimos en estos bosques con algunos anfibios y reptiles. De los primeros fue una ranita de la familia de las Hyla que encontramos en una fuente donde cogíamos agua por la noche. En cuanto a reptiles, fue una serpiente con pinta “selvática” verde y amarilla. Pero no fue dentro del bosque como podía pensar antes de visitar las selvas, sino desplazándose por los prados abiertos para la ganadería. Si era venenosa o no, no pareció importar a uno de los guías para cogerla y es que con la ayuda del canto del machete pudo bloquear bien el giro de su cabeza para cogerla viva sin riesgo. La bicha era del tamaño y morfología de una culebra bastarda (Malpolon monspessulanus) nuestra, pero más “exótica”. Al rato de andar con ella, ya se dejaba hacer todo tipo de fotos hasta que volvió a activarse y fue cuando la dejamos marcharse para nosotros seguir a lo nuestro que era buscar monos choros de cola amarilla.

Megascops ingens. Foto: César Aguilar
Por la noche vimos un autillo muy parecido al que vimos en Pucunucho que se dejaba oír constantemente. La especie es del mismo género, Megascops ingens, e igual que con aquella es fácil de que se acerque con un reclamo, el problema es que no lo habíamos traído. Sin embargo Ronald lo imitó tan bien que enseguida lo tuvimos a tiro de foto igualito de cerca que la otra especie. Yo intenté imitar el reclamo algún que otro día, pero aunque al cabo de un rato venía, no llegaba a verlo cuando se acercaba supongo que no lo hacía tan bien. Pero la estrella de la noche aquí es sin lugar a dudas la que llaman lechuciza bigotona, Xenoglaux loweryi, un endemismo muy escaso que no fue descrita hasta 1974 y cuya distribución mundial abarca solo unas pocas localidades en esta zona por lo que es muy buscada por los ornitólogos. Es muy tímida, y a nosotros después de una hora con el reclamo en un sitio donde siempre la ven nos contestó solo un par de veces sin llegar a verla. En realidad nos delató un “bicho” nocturno del que solo llegamos a ver sus ojos, pero que creo que era un procyonido, Potos flavus, pues paso como un mono por el ramaje encima nuestro y comenzó a emitir gritos de alarma durante mucho rato algo que parece tipico de esa especie. Con es plan ya no hubo manera de que la lechucita se confiara a venir.

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